La Música para la dislexia

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó  Paco Perez hace 2 meses, 3 semanas.

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    Paco Perez
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    ¿Escuchaste el del agnóstico disléxico que estaba despierto por las noches preguntándose si había un perro? Encontré este chiste por primera vez en un libro de texto de psicología biológica que usé hace más de una década. Sin embargo, el intento de la autora de aliviar la situación con el cómic refleja un malentendido generalizado sobre la naturaleza de la dislexia.

    La dislexia del desarrollo es una discapacidad de lectura que no puede explicarse por el déficit visual o cognitivo ni por la falta de oportunidades para aprender. Afecta a un estimado de 5%-17% de los niños en edad escolar, dependiendo de la puntuación de lectura límite utilizada para diagnosticar el trastorno.

    Es importante tener en cuenta que la dislexia no es una condición específica que usted tenga o no tenga. Más bien, las habilidades de lectura se distribuyen normalmente entre la población educada. La mayoría de las personas tienen habilidades de lectura promedio, algunas están por encima del promedio y otras están por debajo. Es este último grupo el que recibe la etiqueta de “dislexia”, aunque la línea divisoria entre “media” y “inferior” es arbitraria.

    La dislexia no es, como se piensa comúnmente, un trastorno de procesamiento visual. A diferencia de nuestro agnóstico disléxico que deletreaba “dios” como “perro”, mezclar el orden de las letras en palabras no es un síntoma típico de la dislexia. Más bien, los niños que más tarde recibirán la etiqueta de “dislexia” tienen dificultades para relacionar las letras con los sonidos del habla que representan.

    En los primeros años de vida, los niños aprenden las palabras de manera holística, es decir, sin ningún sentido de su estructura interna. Si le preguntas a un niño de tres años qué palabra es más larga, autobús o motocicleta, la respuesta es obvia. Por supuesto que los autobuses son más largos que las motocicletas.

    Durante los años preescolares, los niños aprenden gradualmente que las palabras están compuestas de partes. Primero aprenden a tocar las sílabas, un toque para el autobús, cuatro para el mo-tor-cy-cle. Mientras juegan juegos de aliteración y rimas en el jardín de infantes, aprenden que incluso las sílabas tienen partes más pequeñas.

    Este conocimiento creciente de que las palabras tienen estructura se conoce como conciencia fonológica, y debe ser dominado antes de que el niño pueda aprender a leer. Esto se debe a que el principio alfabético vincula los símbolos escritos (letras) con sonidos individuales del habla, conocidos como fonemas. En otras palabras, para pronunciar letras en una palabra escrita como perro o dios, tienes que ser capaz de escuchar los fonemas d-o-g y g-o-d.

    Para el primer grado, la mayoría de los niños han adquirido conciencia fonológica, pero algunos todavía no pueden distinguir los sonidos individuales del habla en las palabras. Esto se debe a que los fonemas son eventos auditivos muy cortos, que se producen a una velocidad de diez o más por segundo. Estos niños pueden escuchar y producir claramente perro y dios como palabras distintas, pero no pueden decir por qué son diferentes.

    Cuando los niños todavía no han alcanzado la conciencia fonológica en el primer grado, consideramos que tienen un trastorno de procesamiento auditivo. A veces un entrenamiento intenso en la discriminación auditiva de los sonidos del habla puede ayudar a los niños a adquirir la conciencia fonológica que necesitan para aprender a leer. Y aquí es donde entra en juego la formación musical.

    Tanto el habla como la música implican rápidas manipulaciones de las cualidades del sonido como el tono, el ritmo y la duración. Los adultos entrenados musicalmente tienen habilidades superiores en la percepción auditiva en comparación con sus compañeros no musicales. Por lo tanto, durante mucho tiempo se ha conjeturado que el entrenamiento musical puede dar a los niños con dislexia un impulso en las habilidades de percepción auditiva que necesitan para aprender a leer. Recientemente, un equipo de investigadores británicos puso a prueba esta hipótesis, aprovechando un “experimento natural”.

    El equipo reclutó dos grupos de un conservatorio de música en Gran Bretaña. Un grupo había sido diagnosticado con dislexia en la niñez, mientras que el otro grupo no lo había sido. Como control, utilizaron un grupo de estudiantes universitarios de edad equivalente con dislexia. Si un entrenamiento musical intenso puede ayudar a los niños a superar su trastorno de procesamiento auditivo, entonces los músicos “disléxicos” deben tener habilidades de lectura comparables a las de sus compañeros “normales”.

    A los tres grupos se les dio una batería de pruebas que medían el procesamiento auditivo y la capacidad de lectura. Los músicos “disléxicos” actuaron de forma similar a los músicos “normales” en las tareas de procesamiento auditivo. Este resultado apoya los hallazgos previos -y el sentido común- de que un entrenamiento musical intenso conduce a mejoras en la percepción auditiva.

    Sin embargo, los músicos “disléxicos” tenían partituras de lectura similares a las de los no músicos “disléxicos”. En otras palabras, los músicos “disléxicos” todavía no podían leer muy bien a pesar de haber superado el trastorno de procesamiento auditivo que les había impedido aprender a leer en sus primeros años escolares.

    Los investigadores especularon que el entrenamiento musical intenso por sí solo no es suficiente. Más bien, puede ser necesaria una instrucción explícita que vincule las habilidades auditivas en la música con el procesamiento del habla. Aunque este argumento es razonable, creo que debemos profundizar para entender por qué los músicos “disléxicos” nunca alcanzaron a sus pares “normales”.

    Cuando a un niño se le da una etiqueta, tiende a pegarse de por vida. En el momento en que se diagnostica la dislexia, el niño ya está leyendo uno o dos grados por debajo de sus compañeros. Ya han aprendido que no saben leer, y la etiqueta de “dislexia” les dice por qué. Pensamientos como “Tengo dislexia y no sé leer” se convierten en parte del autoconcepto del niño, extendiéndose hasta la edad adulta.

    Lo mismo ocurre con otras etiquetas que pegamos a los niños de manera informal. La profesora de música llama a la estudiante que canta fuera de tono “sorda”, y de adulta insiste: “No sé cantar”. O el instructor de educación física llama torpe al alumno torpe y luego crece creyendo: “No soy bueno para los deportes”.

    Hasta la era digital, había muchas carreras para gente que no era buena leyendo. Incluso los líderes empresariales y gubernamentales no necesitaban leer o escribir bien, ya que siempre podían dictar una carta a su secretaria o hacer que leyera la “letra pequeña” para ellos. La música es otro refugio seguro para los lectores pobres.

    Estos “disléxicos” musicales, que se han decidido por la música como profesión, probablemente han renunciado a la lectura. Después de todo, aprender a leer bien requiere tanto esfuerzo y entrenamiento intensivo como aprender un instrumento musical. Aunque estos jóvenes adultos ahora tienen los requisitos auditivos para aprender a leer, probablemente no ven la necesidad de esforzarse. ¿Cuál es la recompensa en este momento?

    Ningún estudio es perfecto, y siempre es fácil pensar en las preguntas correctas después de que se realiza la investigación. En retrospectiva, habría sido interesante observar los hábitos de lectura de los músicos “normales” y “disléxicos”. Sospecho que los “normales” leen mucho más que los “disléxicos”. Pero ese es un tema para futuras investigaciones.

    ¿Qué opinais?

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